La primera vez que receté Xeloda fue hace unos quince años, una paciente llamada Elena, 62 años, con cáncer de mama metastásico que ya había progresado con antraciclinas y taxanos. Recuerdo que estaba sentada al borde de la silla, con los nudillos blancos apretando el bolso. Le expliqué que era una pastilla, no quimioterapia intravenosa. “¿Solo pastillas?” preguntó, incrédula. Le funcionó durante 11 meses, tiempo suficiente para ver casar a su hija.