Miren, les voy a ser honesto: cuando empecé en endocrinología hace más de veinte años, pensaba que la levotiroxina era el fármaco más aburrido del planeta. Una hormona, una dosis, un problema resuelto. Qué ingenuo. La realidad me golpeó fuerte cuando una paciente de 34 años, Laura, llegó a mi consulta temblando, con palpitaciones, después de que su médico de cabecera le duplicara la dosis de Synthroid “porque sus niveles seguían altos”.