Mire, déjeme contarle algo que aprendí en mis primeros años de práctica. Tenía un paciente, llamémosle Carlos, 34 años, ejecutivo de una empresa tecnológica. Llegó a mi consulta con el cuero cabelludo rojo, descamación gruesa y una vergüenza que casi podía tocar. “Doctor, he probado todo”, me dijo, mostrándome una colección de champús de farmacia que parecía el inventario de una tienda. Le receté Nizoral. No fue magia, fue ciencia.