Mire, déjeme comenzar con una confesión: cuando Eliquis salió al mercado, yo era de esos médicos que se aferraba a la warfarina como un clavo ardiendo. “Si funciona desde hace décadas, ¿para qué cambiarlo?”, pensaba. Tenía pacientes estables, INR en rango, y la sensación de control que da medir algo tangible. Pero luego llegó don Roberto, 72 años, fibrilación auricular, y un hematoma subdural por una caída tonta estando anticoagulado.